Gracias, presidenta, por su presencia hoy aquí. Recibir de su mano el Premio Diario Madrid añade honor al honor. Representa usted, como presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, el poder del Estado que garantiza nuestras libertades y que, con sus resoluciones en las distintas jurisdicciones, hace vigente el imperio de la ley.
En lo personal, su presencia evoca a mis mayores. A mi padre, fiscal y vocal del CGPJ; pero también a personas muy próximas a mi familia, miembros eminentes de la magistratura y la fiscalía. Mi tiempo de infancia y primera juventud fue un tiempo entre togas, de las que aprendí y sigo aprendiendo, porque sigo entre ellas, los mejores valores cívicos. Gracias, presidenta.
Gracias también al jurado de este señero premio. Manuel Gutiérrez Aragón, su presidente, toda una referencia cultural en nuestro país, académico de número de la Española y de la de Bellas Artes de San Fernando, icónico director cinematográfico, guionista y escritor, me dio noticia de la distinción decidida por un jurado en el que abundan los amigos. Y admirables profesionales como Andrés Rábago, que me precedió en el elenco de este galardón. A todos ellos, mi agradecimiento sincero. Y a la Fundación Diario Madrid, en las personas de su presidente, Miguel Ángel Aguilar, y su vicepresidente, José Vicente de Juan.
Daniel, ¿cómo voy a replicar a tu generosa, diría que pródiga, laudatio?
Eres una persona que muestra su idiosincrasia en sus libros y artículos, asomando formación cultural, certeza en ideas bien reflexionadas, expresión brillante y contundencia narrativa. Eres, Daniel, un jefe de filas de la generación periodística —por filólogo que seas, lo eres—, llamada a enfrentar los años improbables para periodismo que ya están llegando. Nos acompañan las voraces nuevas tecnologías, ese Polifemo que es la IA, y os amenazará, quizás más aún que ahora, el populismo que detesta los periódicos y que quiere una sociedad con gobierno, el suyo, la autocracia, y sin ellos, sin medios.
No te alabo rutinariamente ni en devolución de tu afecto cuando afirmo que eres, Daniel, un paradigma de periodista sensato y sereno. Defiendes con la pulcritud del espíritu tranquilo las tesis más difíciles y recibes las reprobaciones como un estoico aureliano. Gracias, Daniel.
Soy hijo de la Transición.

Pero, transcurrido casi medio siglo, me he emancipado de su patria potestad y me rebelo contra la estéril propuesta de abrazarla como todo remedio y solución a lo que nos ocurre. Resignadamente.
En noviembre de 1971, cuando el régimen franquista clausuró el Diario Madrid, cursaba yo en la Universidad de Deusto el primer año de la carrera de Derecho. Cuando en 1973 se ordenó volar el edificio del periódico, seguía en la facultad, en el tercer curso. Cuando Franco murió en 1975, encaraba el fin de carrera, que culminó en el examen de licenciatura en julio de 1976, hace poco más de cincuenta años. En diciembre de 1979 oposité al Servicio Jurídico de la Diputación Foral de Vizcaya, pero ya escribía en los periódicos.
Esa es una cronología que marca una biografía personal, pero no solo: también una trayectoria generacional. Fui de los españoles que alcanzaron la primera madurez con la esperanza de que España fuese una democracia plena. Celebré la amnistía de 1977, la legalización de todos los partidos ese mismo año, y aplaudí el reconocimiento de la Generalitat republicana de Cataluña con el regreso de Josep Tarradellas.
No me desalenté —no lo hicimos en mi generación— cuando, después de votar con entusiasmo la Constitución de 1978, la banda terrorista ETA desató una salvaje andanada criminal que persistió durante toda la década de los ochenta y se sofisticó en técnicas de crueldad extrema en la de los noventa.
Estaba allí: primero en la Diputación Foral de Vizcaya, como letrado, entre 1979 y 1989, simultáneamente como analista, y luego como director de El Correo. Lo vi todo: chantajes, asesinatos, secuestros, agresiones, coacciones, amenazas. Estaba allí, físicamente allí, cuando, en las Juntas Generales de Vizcaya, el rey Juan Carlos, en febrero de 1981, fue hostigado por los sicarios civiles de ETA, y estuve en mi puesto de funcionario el 24 de febrero de ese mismo año, exactamente a las 8.15 de la mañana, porque ni Tejero, ni Milans, ni Armada nos iban a derrotar con su golpe.
Por eso soy hijo de la Transición.
Porque la viví intensamente en ese vórtice del terrorismo que quiso frustrarla, tumbarla, enterrarla. ¿Cómo resistimos? Pues escribiendo, hablando, denunciando. Así lo hicimos. Teníamos miedo, pero teníamos más confianza en el futuro y, sobre todo, en la decisión colectiva de no regresar al pasado.
La palabra fue nuestra, el relato era nuestro. Lo heredamos del Diario Madrid, de aquel periódico que el franquismo sancionó, que luego clausuró y que, en un intento inútil de damnatio memoriae, voló su sede. Fue un referente.
Los años noventa fueron difíciles, pero también formidables. Aquel 92 espléndido en Barcelona y Sevilla; España, el ejemplo transicional más exitoso de la reciente historia de Europa; la monarquía, creímos entonces, consolidada; la cuestión militar, resuelta; y la religiosa y la agraria. Suponíamos que también la territorial.

Pero no. El demonio familiar más escurridizo, la hostilidad a la unidad territorial de España, fundamento esencial e irrenunciable de la Constitución de 1978, reaparecía, entraba y salía del escenario, vigilaba y alentaba las deslealtades, los egoísmos; retrotraía la historia: un flashback nacional. Los constituyentes trataron de resolver la cohesión de España con más voluntad que acierto. El título VIII de la Constitución, mal interpretado, ha sido un arma letal y agresiva contra la consolidación del Estado.
El siglo XXI: entramos en la primera línea de la unidad europea, pero trajo también las dos crisis que han marcado el final de la vigencia de la plena ilusión unitaria y autonómica de España: el llamado plan Ibarretxe (2005) y el largo proceso soberanista en Cataluña, que eclosionó en 2017. Veníamos de una fisura que se hizo abismal: el 11-M; luego, la resucitación de la peor memoria —la guerra, los azules, los rojos— por una izquierda jactanciosa que alumbró el sucedáneo del progresismo; y de una derecha sin brújula.
En medio, se nos desplomó también el rey fundacional, Juan Carlos I. En junio de 2014, cuando emergía una nueva correlación de fuerzas políticas y estaba a punto de instalarse el multipartidismo, vino la abdicación real, que fue también una abdicación colectiva. Fuimos perdiendo el ánimo. Y las ideas y los proyectos. Tenemos, eso sí, a un Rey, Felipe VI que, en doce años de reinado, ha devuelto la monarquía parlamentaria a su mejor momento de prestigio y adhesión popular.
La izquierda se desentendió de sus compromisos; la derecha no sabía cómo debía estar en la nueva coreografía española. Se escindió. Ganaban los impugnantes del llamado “régimen del 78”, desenterraban a Franco y lo celebraban a la inversa; todo estaba volviendo a ser lo que fue. Reformulado en la contemporaneidad populista. Pero todo parecido. Remasterizado.
Sánchez y sus Gobiernos, sus pactos y su amnistía revisionista y deslegitimadora, el muro, el enfrentamiento buscado como táctica, el sistema parlamentario vulnerado hasta dejarlo exhausto, la externalización de la política de su recipiente institucional, el disenso en todo y por todo es el aquí y el ahora de España, cuyo Estado colapsó el 30 y 31 de julio en Ceuta. Vivimos en el estuario de una crisis de fe constitucional y cívica que viene de aguas arriba.
Faltaba, solo faltaba, la agresión a los medios críticos y la reinstalación del NODO en los públicos. Y las listas negras. No solo: también el disenso en la profesión periodística, huérfana ya de editores, con alguna excepción que confirma la regla. Me acuerdo ahora del gran Guillermo Luca de Tena, que está en el elenco de este premio. ¡Lo merecía!
No somos ajenos, sino permeables, a los tiempos y a las nuevas mañas del populismo en los países occidentales. Solo somos excepcionales en nuestra capacidad autodestructiva. Reconstruir es, debería ser, la consigna.
¿Reconstruir qué? Los valores que están en la ética común: lealtad, honradez, civismo. Y reconstruir, reformándola, la Constitución de 1978. Un texto que no puede seguir siendo un fetiche, sino un propósito en progreso. Como la Transición no puede continuar representando el pensamiento Alicia. Lo uno y lo otro nos lleva a impotencia.
Necesitamos mecanismos de reacción inmediata ante la arbitrariedad; herramientas para que las instituciones funcionen sin depender del capricho del poder político; pronunciamientos que apuntalen las libertades cuyo ejercicio está siendo desalentado; un modelo territorial federal —dejemos ya la viscosidad autonómica—; un listado de nuevos derechos que, en vez de limitar los fundamentales que ya están consagrados, los ensanchen y consoliden. Medios para defender a los jueces y tribunales y guarecer a los contrapesos entre los poderes del Estado.
Hay que recuperar el relato del éxito de España. Reescribir la narrativa de la excepcionalidad virtuosa del tránsito español desde esa historia guerracivilista a la libertad, a todas las libertades y a todas las responsabilidades. Recuperar la palabra. Abandonar la nostalgia, sea la roja o la azul. Volver a la alegría de la esperanza compartida. Reputar la autoridad ejercida bajo la ley y los jueces. Igualdad, solidaridad. Mérito y capacidad. Limpieza en las conductas y en los bolsillos. Decencia. Una revolución de la decencia.
En lo que, yo creo, va a ser mi última etapa en la profesión y en la quisiera sea también mi última casa periodística, celebro que pueda estar dirigiéndome a todos ustedes en el 25 aniversario de El Confidencial, el periódico, mi periódico, que ha logrado arraigar en nuestro país un nuevo modelo de hacer periodismo. Gracias a sus profesionales. Su fundador, José Antonio Sánchez, también editor, merece —lo merece sin duda— un especial reconocimiento. Lo hago aquí y ahora, y no por amistad y afecto, que también, sino por ecuanimidad. Por justicia.
Quisiera enlazar, agradecido, a aquel Diario Madrid de Calvo Serer, de Antonio Fontán, de Pepe Oneto, de José Vicente de Juan, de Miguel Ángel Aguilar, con este periódico, El Confidencial, joven, libre, independiente, pero acechado por la mediocridad, la envidia y el autoritarismo.
No puedo dejar de mencionar en este acto el 45º aniversario de la constitución de la Asociación de Periodistas Europeos, tan estrechamente vinculada a la Fundación Diario Madrid. Porque el europeísmo ha sido, es, un signo de identidad de los hijos de la Transición. Por eso, en un momento de impulso en la Asociación, bajo la presidencia de honor de S.M. el Rey, y tras el fallecimiento de nuestro querido presidente y amigo, Diego Carcedo, agradezco la reciente elección como uno de sus vicepresidentes.
Y evoco sin falsa modestia la distinción de Caballero de la la Legión de Honor que me concedió (a mí, pero en mí a muchos) el Presidente de la República Francesa el 7 de julio de 2004 precisamente por haber impregnado de valores europeístas los medios que dirigí, El Correo y ABC. No acostumbro a hacerlo, pero hoy luzco el distintivo ordinario de la Orden.
Termino
Muchos compañeros y personalidades de otros ámbitos merecerían tanto o más que yo este premio que me llega tan hondo. Lo recibo, sin embargo, con pasión y con unción, porque me reconozco en lo que significa: la libertad.
Y puedo jurar que a lo largo de mi trayectoria profesional he vivido, y así sigo, con pasión y honradez el oficio periodístico. Un oficio que ha sido y es para mí la contribución a mi amor por España y expresión vital de mi pelea, desde mi más pronta juventud, por la libertad y la democracia.
Gracias.




